Cambiarle el agua a las aceitunas.
Con el sombrero verde puedo decir : ...” en lugar que la gente pague por nuestro producto, nosotros le pagaremos para que se lo lleve”. Con esto hemos provocado, pero la idea se transforma en: “Daremos bonos que valen como dinero para las personas que compran cierta cantidad de producto y con esto comprarán más”. Es decir transformamos la idea provocadora en una lógica que nos puede dar buenos resultados, de eso se trata. Normativo. El azul es frío, y es también el color del cielo, que esta por encima de todo. El sombrero azul se ocupa del control y la organización del proceso del pensamiento, es decir del uso de los demás sombreros. Como dicotomía podemos decir que la creatividad es limitada por la normatividad, esto es por el control. Pensemos en una rígida escuela militar en donde el oficial le dice al subalterno: “¡Aquí no se piensa, sólo se cumplen las ordenes sin objeciones ni murmuraciones!” .Con el sombrero azul dejamos de pensar en el tema, para pensar en el pensamiento necesario que permite sondear dicho tema. Es decir, con éste sombrero decidimos cuál de los otros cinco sombreros usar y nos indica cuándo cambiar de sombrero. Me valdré, por lo pronto, de un primer ejemplo. En todos los tiempos se ha querido volver “mejor” al hombre; este propósito era lo que primordialmente se entendía por moral. Mas he aquí que este término implica tendencias diametralmente opuestas. Tanto domesticar la bestia humana como “criar” un determinado tipo humano ha sido considerado como “mejoramiento” del hombre; sólo estos dos términos zoológicos expresan realidades; realidades, es verdad, de las que el “mejorador” típico, el sacerdote, no sabe nada, no quiere saber nada... Llamar a la domesticación de un animal su “mejoramiento” suena casi a burla sangrienta. Quien sabe lo que ocurre en los circos de animales, desconfía que en ellos sean “mejoradas” las bestias. Se las debilita, se reduce su peligrosidad, se las convierte por el efecto depresivo del miedo, por dolor, herida y hambre, en bestias morbosas. Pues dicen: lo mismo ocurre con el hombre domesticado, que el sacerdote ha “mejorado”. En la temprana Edad Media, en tiempos en que la Iglesia era en efecto primordialmente una especie de zoológico amaestrado, se cazaban los ejemplares más hermosos de la “bestia rubia”; se “mejoraba”, por ejemplo, a los germanos de noble linaje. Pero tal germano “mejorado”, atraído al convento, quedaba reducido a una caricatura de hombre, un ser trunco; convertido en un “pecador”, estaba metido en una jaula, recluido entre conceptos terribles... Helo aquí postrado, enfermo, enclenque, fastidiado consigo mismo, lleno de odio a todo lo que seduce de la vida y de recelo hacia todo lo que era todavía fuerte y feliz. En una palabra, un “cristiano”... Fisiológicamente hablando, en la lucha con la bestia, enfermarla puede ser el único medio de debilitarla. Bien entendía el problema la Iglesia; echando a perder al hombre, lo debilitaba, pretendiendo “mejorarlo”... Consideremos el otro caso de la llamada moral, el de la “cría”; formación de una determinada raza y tipo. El ejemplo más grandioso al respecto es la moral india, sancionada como religión por la “Ley de Manú”. Aquí se propone' la tarea de formar simultáneamente nada menos que cuatro razas: una sacerdotal, otra guerrera, otra mercantil y campesina y, por último, una raza destinada a servir, los sudras. En este caso nos encontramos definitivamente entre domadores de fieras; un tipo humano cien veces más suave y cuerdo, se necesita para concebir siquiera el plan de tal formación. Respira uno con alivio al pasar de la atmósfera cristiana de hospital y cárcel a este mundo más sano, más elevado y amplio. ¡Cuán pobre y maloliente aparece el “Nuevo Testamento” al lado de Manú! Otro valor de los sombreros es que proporciona roles (actitudes) de pensamiento. Un pensador puede enorgullecerse de representar cada uno de esos roles. Sin la formalidad de los sombreros algunos pensadores se estancarían en un modo único (generalmente el negro o rojo). Si nos sentimos tan inteligentes que creemos poder prescindir de este sistema, podríamos tener en cuenta que dicho sistema haría que esa inteligencia de la que tanto nos jactamos, sea más eficaz aún. Una persona con talento natural para correr se beneficia más que otros si a ese talento aplica disciplina. Los sombreros dan una metodología para pensar, que permite que la acción de pensar sea más efectiva. No es un tema de motivación, pues la mayoría de temas versa sobre este concepto como aspecto fundamental para pasar del pensamiento a la acción. Como vemos la motivación es necesaria pero no suficiente, hace falta también mejorar la calidad del pensamiento para que la motivación, que es muy necesaria, actúe sobre terreno seguro (buenas ideas) y crezca, por el éxito de los resultados. He hablado del espíritu alemán, señalando que se vulgariza y se vuelve superficial. ¿Es esto bastante? En el fondo, lo que me aterra es otra cosa: el hecho de que declina cada vez más la seriedad alemana, la profundidad alemana, la pasión alemana por las cosas del espíritu. No solamente la intelectualidad ha cambiado, sino también el pathos. Tengo de tanto en tanto contacto con Universidades alemanas; ¡hay que ver la atmósfera, la espiritualidad pobre y sosa, tibia y contentadiza, en, que se desenvuelven allí los eruditos! Sería un grave malentendido alegar como argumento en contra la ciencia alemana, y también una prueba de que no se ha leído una sola palabra de mis escritos. Desde hace diecisiete años no me canso de denunciar la influencia desespiritualizadora de nuestro medio científico actual. La dura labor a que el volumen tremendo de las ciencias condena hoy a todos los individuos es una de las causas principales de que para los espíritus plenos, pletóricos y profundas ya no existan una educación y educadores que les sean adecuados. Nuestra cultura de nada se resiente tanto como del exceso de especialistas arrogantes y humanidades fragmentarias; nuestras Universidades son, sin proponérselo, los invernáculos propiamente dicho de esta especie de atrofia de los instintos del espíritu. Y Europa toda ya se va dando cuenta de ello; la gran política no engaña a nadie. Se generaliza cada vez más la noción de que Alemania es el llano de Europa. No he encontrado aún a un alemán con el que pueda ser serio a mi manera; ¡y menos, por supuesto, a uno con el que yo pueda ser alegre! Ocaso de los ídolos: ¡ah, quién sería capaz, hoy día, de comprender de qué seriedad se reviste aquí un filósofo! La alegría serena es lo que menos se comprende entre nosotros... Pensándolo bien, no sólo es evidente la decadencia de la cultura alemana, sino que no falta tampoco la causa que la explica de una manera convincente. En definitiva, uno no puede gastar más de lo que posee ocurre en esto con los pueblos lo mismo que con los individuos. Si se gasta todo para el poder, la gran política, la economía, el tráfico mundial, el parlamentarismo y los intereses militares; si se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y dominio de sí mismo que existe, hay un déficit en la contrapartida. La cultura y el Estado-de nada vale cerrar los ojos ante el hecho-son antagonistas; el “Estado cultural” no es más que una idea moderna. La cultura vive del Estado, prospera a expensas del Estado, y viceversa. Todas las grandes épocas de la cultura son épocas de decadencia política; siempre lo que es grande en el sentido de la cultura ha sido apolítico, y aun antipolítico... El corazón de Goethe se abrió al fenómeno Napoleón, pero se cerró a las “guerras de liberación”... En el mismo instante en que Alemania llega a ser una potencia mundial, Francia cobra como potencia cultural renovada importancia. Ya mucha inteligencia, mucha pasión nueva del espíritu ha emigrado a París; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión wagneriana, casi todas las cuestiones sicológicas y artísticas, se consideran allí de una manera mucho más sutil y penetrante que en Alemania; los alemanes ni siquiera están capacitadas para esta clase de seriedad. En la historia de la cultura europea, el advenimiento del “Reich” significa más que nada un desplazamiento del centra de gravedad. En todas partes se sabe ya que en lo esencial-y la cultura sigue siendo lo esencial-ya no cuentan los alemanes. Se nos pregunta: ¿hay entre vosotros siquiera un solo espíritu que cuente en Europa, como contaron vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich Heine y vuestro Schopenhauer? El extranjero se queda estupefacto ante el hecho de que ya no hay un solo filósofo alemán. No se imagina cómo he practicado hasta el final el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque “detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales, porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de tan agobiada que está mi cabeza. Aunque para mí escribir esté entre los frutos rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época: si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la concibo. Mi existencia es una carga espantosa: la hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos (el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal. El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.) En el presente toda mi capacidad de inventiva y todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros, y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más agradables y más deseables...
Estar tocado.
Tengo de tanto en tanto contacto con Universidades alemanas; ¡hay que ver la atmósfera, la espiritualidad pobre y sosa, tibia y contentadiza, en, que se desenvuelven allí los eruditos! Sería un grave malentendido alegar como argumento en contra la ciencia alemana, y también una prueba de que no se ha leído una sola palabra de mis escritos. Desde hace diecisiete años no me canso de denunciar la influencia desespiritualizadora de nuestro medio científico actual. La dura labor a que el volumen tremendo de las ciencias condena hoy a todos los individuos es una de las causas principales de que para los espíritus plenos, pletóricos y profundas ya no existan una educación y educadores que les sean adecuados. Nuestra cultura de nada se resiente tanto como del exceso de especialistas arrogantes y humanidades fragmentarias; nuestras Universidades son, sin proponérselo, los invernáculos propiamente dicho de esta especie de atrofia de los instintos del espíritu. Y Europa toda ya se va dando cuenta de ello; la gran política no engaña a nadie. Se generaliza cada vez más la noción de que Alemania es el llano de Europa. No he encontrado aún a un alemán con el que pueda ser serio a mi manera; ¡y menos, por supuesto, a uno con el que yo pueda ser alegre! Ocaso de los ídolos: ¡ah, quién sería capaz, hoy día, de comprender de qué seriedad se reviste aquí un filósofo! La alegría serena es lo que menos se comprende entre nosotros... Chicas compañía Madrid Sobre la base de la producción social, hay que determinar la medida en que estas operaciones, que sustraen fuerza de trabajo y medios de producción durante largo período de tiempo sin aportar durante este tiempo un producto ni un efecto útil, pueden realizarse sin dañar a las ramas de producción que, continuamente o varias veces al año, absorben fuerza de trabajo y medios de producción, pero suministrando a cambio de ello medios de producción y medios de vida. Lo mismo en la producción social que en la producción capitalista, los obreros que trabajan en ramas de producción con períodos cortos de trabajo sustraen durante poco tiempo productos sin reponer otros a cambio de ellos, mientras que las ramas en que el período de trabajo sea largo estarán durante largo tiempo sustrayendo constantemente, antes de poder restituir. Esta circunstancia depende, por tanto, de las condiciones materiales del proceso de trabajo correspondiente, no de su forma social. En la producción social, el capital–dinero desaparece. La sociedad se encarga de distribuir entre las diversas ramas la fuerza de trabajo y los medios de producción. Por mí, no hay ningún inconveniente en que los productores reciban bonos a cambio de los cuales puedan retirar de los fondos sociales de consumo cantidades proporcionales al tiempo de trabajo aportado por ellos. Estos bonos no constituyen dinero. No entran en la circulación. Escorts Valencia Según las leyes establecidas para la circulación simple de mercancías (libro I, cap. III [ pp. 103 ss.]), la masa del dinero metálico existente en un país no sólo debe ser suficiente para hacer circular las mercancías. Debe serlo también para hacer frente a las oscilaciones del curso del dinero, que en parte obedecen a las fluctuaciones que se observan en el ritmo de las circulaciones, en parte al cambio de precios de las mercancías y en parte a las distintas y variables proporciones en que el dinero funciona como medio de pago o como verdadero medio de circulación. La proporción en que la masa de dinero existente se divide en tesoro y en dinero circulante varía constantemente, pero la masa de dinero es siempre igual a la suma del dinero existente como dinero circulante y como tesoro. Esta masa de dinero (masa de metales preciosos) es un tesoro de la sociedad, gradualmente acumulado. La parte de este tesoro consumida por el desgaste debe reponerse anualmente, al igual que cualquier otro producto. En la realidad, esto se efectúa, mediante el cambio directo o indirecto de una parte del producto anual del país por el producto de los países productores de oro y plata. El carácter internacional de esta transacción encubre, sin embargo, su límpido desarrollo. Por tanto, para reducir el problema a su más simple y diáfana expresión, debemos partir de la hipótesis de que la producción de oro y plata se efectúa dentro del mismo país, es decir, de que la producción de estos metales forma parte de la producción social global de este país. http://www.girlsbcn.com.es/a> Por tanto, el dinero invertido en algodón sólo se recupera en su integridad un mes más tarde, en noviembre en vez de octubre. Por consiguiente, si al reducirse el tiempo de circulación y con él la rotación, se elimina 1/9 del capital desembolsado = 100 libras esterlinas en forma de capital–dinero y estas 100 libras se hallan formadas por 20 de capital–dinero periódicamente superfluo para el pago de salarios y 80 que existen para una semana como reserva periódicamente excedente de producción, la reducción de la reserva productiva remanente que, con respecto a estas 80 libras, supone esto para el fabricante, corresponde al aumento de la reserva de mercancías por parte del almacenista de algodón. El algodón permanece almacenado en poder de éste como mercancía el mismo tiempo que deja de hallarse situado en el almacén del fabricante, como reserva de producción. Chicas de alterne en Barcelona
Permítaseme expresar mi opinión en un caso como éste, que encierra muchas cosas penosas ––y se trata de un caso típico––: sin duda lo mejor que puede hacerse es separar hasta tal punto al artista de su obra que no se le tome a aquél con igual seriedad que a ésta. En última instancia él es tan sólo la condición preliminar de su obra, el seno materno, el terreno, a veces el abono y el estiércol sobre el cual y del cual crece aquélla, –– y por esto es, en la mayor parte de los casos, algo que se debe olvidar si se quiere gozar de la obra misma. El indagar la procedencia de una obra interesa a los fisiólogos y vivisectores del espíritu: ¡nunca y en ningún caso a los estetas, a los artistas! Al que creó y plasmó el Parsifal no se le excusó el trabajo de un profundo, radical e incluso terrible revivir y descender a los contrastes anímicos medievales, un hostil apartamiento de toda elevación, rigor y disciplina del espíritu, una especie de perversidad intelectual (si se me permite la expresión), de igual manera que tampoco a una mujer encinta se le ahorran los ascos y antojos del embarazo: cosas éstas que, como se ha dicho, hay que olvidar para gozar del hijo. Debemós guardarnos de la confusión en que por contiguity [contigüidad] psicológica, para decirlo igual que los ingleses, muy fácilmente cae un artista: la de creer que él mismo es aquello que él puede representar, concebir, expresar. En realidad ocurre que, si él lo fuera, no lo podría en absoluto representar, concebir, expresar; Homero no habría creado a Aquiles ni Goethe habría creado a Fausto, si el primero hubiera sido Aquiles, y el segundo, Fausto73. Un artista perfecto y total está apartado, por toda la eternidad, de lo «real», de lo efectivo; se comprende, por otra parte, que a veces pueda sentirse cansado hasta la desesperación de esa eterna «irrealidad» y falsedad de su más íntimo existir, ––y que entonces haga el intento de irrumpir de golpe en lo que justo a él más prohibido le está, en lo real, que haga el intento de ser real. ¿Con qué resultado? Se lo habrá adivinado... Es ésta la veleidad típica del artista: la misma veleidad a la que también sucumbió el viejo Wagner y que tuvo que expiar a un precio tan alto y de un modo tan funesto (––a causa de ella perdió la parte más valiosa de sus amigos). Pero en última instancia, aun prescindiendo totalmente de esa veleidad, ¿quién podría en absoluto no desear, por amor al mismo Wagner, que se hubiera despedido de nosotros y de su arte de otro modo, no con un Parsifal, sino de una manera más victoriosa, más segura de sí, más wagneriana ––de una manera menos desconcertante, menos ambigua en lo referente a todo su querer, menos schopenhaueriana, menos nihilista?... Escorts en Madrid La permanencia del capital–mercancías, bajo la forma de almacenamiento, en el mercado, supone edificios, almacenes, depósitos de mercancías y, por tanto, una inversión de capital constante; supone, además, pago de salarios para almacenar las mercancías en sus depósitos. Finalmente, las mercancías se deterioran y están expuestas a la acción de elementos nocivos para ellas. Para protegerlas contra estas influencias, hay que desembolsar capital adicional, tanto en instrumentos de trabajo en forma materializada como en fuerza de trabajo. 5 http://www.girlsvalencia.com/a> Hemos visto que los elementos fijos y circulantes del capital productivo tienen una rotación distinta y que se realiza en distintos períodos, y asimismo que los distintos elementos integrantes del capital fijo afectado a la misma industria tienen también distintos períodos de rotación, según su distinto periodo de vida y, por tanto, de reproducción. (Véase al final de este capítulo, apartado 6 [pp. 175 ss.]), acerca de las diferencias reales o aparentes en cuanto a la rotación de los distintos elementos del capital circulante en la misma industria.) Chicas de compañía de lujo en Barcelona Finalmente, sí el período de trabajo es 4 semanas, el tiempo de circulación = 5 semanas y el capital I = 400 libras esterlinas, el capital recuperado será de 400 libras cada vez: al final de la semana 9ª, de la 13ª, de la 17ª, de la 21ª, de la 25ª, etcétera. Putas en Euskadi En todas las compras y ventas de mercancías –si nos fijamos solamente en estas transacciones–, es de todo punto indiferente lo que pase, en manos del vendedor, con el dinero obtenido por su mercancía y en manos del comprador con los artículos de uso comprados por él. Asimismo es de todo punto indiferente, fijándonos solamente en el proceso de circulación, el hecho de que la fuerza de trabajo comprada por el capitalista reproduzca para él el valor del capital y de que, de otra parte, el dinero conseguido como precio de compra de la fuerza de trabajo constituya la renta del obrero. La magnitud de valor del artículo comercial del obrero, que es su fuerza de trabajo, no resulta afectada ni por el hecho de que constituya una “renta” para él ni por el hecho de que el uso de su artículo comercial por el comprador reproduzca el valor del capital de éste. Sexo con putas en Madrid En el capítulo siguiente, veremos cómo estas circunstancias, nazcan del proceso de producción o del de circulación, imponen la existencia en forma de dinero de una determinada parte del capital desembolsado. En términos generales, debemos observar que los economistas propenden a olvidar que una parte del capital necesario para la industria no sólo recorre por turno las tres fases de capital–dinero, capital productivo y capital–mercancías, sino que algunas partes de él revisten constante y simultáneamente estas tres formas, aunque la magnitud relativa de estas partes varíe continuamente. Es, sobre todo, la parte que existe constantemente bajo la forma de capital–dinero la que los economistas olvidan, a pesar de que esta circunstancia es muy necesaria precisamente para poder comprender la economía burguesa, manifestándose también como tal en el terreno práctico. Scorts lujo Madrid
El folleto comentado por Marx no es más que la avanzada extrema de toda una literatura que en la década del veinte endereza la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía, en interés del proletariado contra la producción capitalista, combatiendo a la burguesía con sus propias armas. Todo el comunismo de Owen, en la medida en que reviste una forma económico–polémica, se basa en Ricardo. Y junto a él encontramos toda una serie de escritores, entre los cuales Marx se limita, ya en 1847, a citar unos cuantos en contra de Proudhon (Misére de la Philosophie, p. 49): Edmonds, Thompson, Hodgskin, etc., etc., "y cuatro páginas más de etcéteras". Entre este sinnúmero de obras, citaré una, tomada al azar: An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness, por William Thompson; nueva edición, Londres, 1850. La primera edición de esta obra, escrita en 1822, se publicó por vez primera en 1824. También aquí se define constantemente, y con palabras bastantes contundentes, la riqueza apropiada por las clases no productoras como deducción del producto del obrero. "La aspiración constante de lo que llamamos sociedad ha consistido en mover al obrero productivo, por el engaño o la persuasión, por la coacción o el terror, a trabajar percibiendo la parte más pequeña posible del producto de su propio trabajo" (p. 2 . "¿Por qué el obrero no ha de percibir todo el producto absoluto de su trabajo?" (p. 32). "Esta compensación que los capitalistas le arrancan al obrero productivo bajo el nombre de renta del suelo, o de ganancia, se le reclama por el uso de la tierra o de otros objetos... Puesto que todas las materias físicas sobre las cuales o por medio de las cuales puede poner en práctica su capacidad de producción el obrero productivo desposeído, al que no se le deja más que su capacidad de producir, se hallan en posesión de otros cuyos intereses son antagónicos a los suyos y cuyo consentimiento es condición previa para su trabajo, ¿no depende y no tiene necesariamente que depender de la buena voluntad de estos capitalistas la parte de los frutos de su propio trabajo que se le deje como remuneración de éste (p. 125)... en proporción a la magnitud del producto retenido, ya se dé... a estos desfalcos el nombre de impuestos, el de ganancia o el de robo?" (p. 126). etcétera acompañante de lujo El actor, el mimo, el danzarín, el músico y el lírico son íntimamente afines en sus instintos y esencialmente idénticos, aunque poco a poco se hayan especializado y diferenciado entre sí, llegando incluso al extremo de la contradicción. El lírico con quien durante más tiempo estuvo identificado fue con el músico, el actor, con el danzarín. El arquitecto no representa ni un estado dionisíaco ni uno apolíneo; en él lo que tiende al arte es el gran acto volitivo, la voluntad que mueve montañas, la embriaguez de la voluntad portentosa. Siempre los hombres más poderosos han inspirado a los arquitectos; en todos los tiempos el arquitecto ha experimentado la sugestión del poder. La obra de arquitectura, la construcción, debe documentar el orgullo, el triunfo sobre la pesantez, la voluntad de poder; es la arquitectura una especie de elocuencia del poder a través de las formas, ora persuasiva, y aun insinuante, ora simplemente autoritaria. El máximo sentimiento de poder y seguridad se expresa en aquello que tiene gran estilo. El poder que ya no necesita de pruebas; que desdeña agradar; que es tardo en responder; que no sabe de testigos; que vive ajeno al hecho de posibles objeciones; que reposa en sí mismo, fatalista, ley entre leyes, habla de sí como gran estilo. Escortservice Barcelona
No dar ni una.
Baste esto, de una vez por todas, en lo que respecta a la procedencia del «Dios santo». –– Que en sí la concepción de los dioses no tiene que llevar necesariamente a esa depravación de la fantasía, de cuya representación por un instante no nos ha sido lícito dispensarnos, que hay formas más nobles de servirse de la ficción poética de los dioses que para esta autocrucifixión y autoenvilecimiento del hombre, en las que han sido maestros los últimos milenios de Europa, –– ¡esto es cosa que, por fortuna, aún puede inferirse de toda mirada dirigida a los dioses griegos, a esos reflejos de hombres más nobles y más dueños de sí, en los que el animal se sentía divinizado en el hombre y no se devoraba a sí mismo, no se enfurecía contra sí mismo! Durante un tiempo larguísimo esos griegos se sirvieron de sus dioses cabalmente para mantener alejada de sí la «mala conciencia», para seguir estando contentos de su libertad de alma: es decir en un sentido inverso al uso que el cristianismo ha hecho de su Dios. En esto llegaron muy lejos aquellas magníficas cabezas infantiles, valientes como leones; y nada menos que una autoridad tan grande como la del mismo Zeus homérico les da a entender acá y allá que se toman las cosas demasiado a la ligera: «¡Ay!», dice en una ocasión –– se trata del caso de Egisto, un caso muy grave –– masajes cuerpo a cuerpo A igual inversión de capital, dentro de los plazos con vista a los cuales se desembolsa un capital dado, es evidente que la diferencia en cuanto a la duración del acto de producción tiene que traducirse necesariamente en una diferencia en cuanto al ritmo de la rotación. Supongamos que una fábrica de hilados y una fábrica de locomotoras funcionen a base de la misma inversión de capital, que la proporción entre el capital constante y el variable sea la misma en ambos casos, que otro tanto acontezca con lo que se refiere al capital fijo y al circulante y, finalmente, que la jornada de trabajo sea igual, como también su división en las dos partes de trabajo necesario y trabajo sobrante. Para eliminar todas las circunstancias que obedecen al proceso de circulación y que son ajenas a este caso, supongamos también que ambos productos, los hilados y la locomotora, se fabriquen por encargo y se paguen contra la entrega del producto terminado. Al final de la semana, al entregar la cantidad elaborada de hilado, el fabricante de esta rama se reembolsa del capital circulante por él invertido (aquí, prescindimos de la plusvalía), reponiéndose asimismo del desgaste del capital fijo que encierra el valor de los hilados. Esto le permite, pues, acometer de nuevo el mismo ciclo con el mismo capital. Este ha descrito su rotación. En cambio, el fabricante de locomotoras tendrá que invertir semana tras semana, durante tres meses más y más capital en salarios y materias primas, y sólo al cabo de los tres meses, una vez construida y entregada la locomotora, el capital circulante que durante todo este tiempo se ha ido invirtiendo poco a poco en un solo acto de producción, en la elaboración de una sola mercancía, reaparecerá bajo una forma que le permita iniciar de nuevo su ciclo; y la reposición del desgaste de la maquinaria no se logrará tampoco para él sino al cabo de estos tres meses. La inversión de un fabricante es por una semana, la del otro por una semana multiplicada por doce. En igualdad de circunstancias, el primero deberá tener necesariamente doce veces más capital circulante que el segundo. Masajes eróticos en Barcelona “El inquilino por años sólo está obligado a mantener los edificios a prueba del agua y del viento, siempre y cuando que ello pueda hacerse sin recurrir a reparaciones sustanciales, y en general a costear solamente aquellas reparaciones que podemos llamar corrientes. E incluso desde este punto de vista deberán tenerse en cuenta la antigüedad y el estado general de las partes correspondientes del edificio en el momento en que el inquilino se hizo cargo de él, pues el inquilino no está obligado ni a reponer materiales viejos y desgastados por otros nuevos ni a reparar los deterioros inevitables causados por el transcurso del tiempo y el uso normal de los edificios” (Holdsworth, Law of LandIord and Tenant, pp. 90 y 91). escort alto standing en Madrid Toda una serie de economistas burgueses, como James Mill, MacCulloch, Torrens, Senior, J. St. Mill y otros, afirman que la maquinaria, al desplazar a los obreros, permite y obliga al mismo tiempo a movilizar el capital adecuado para dar empleo a los mismos obreros desplazados o a otros idénticos.128 www.girlsbcn.com Si sus hilados circulan es porque él lanza al mercado su producto anual, ni más ni menos que hacen los demás capitalistas con las mercancías de su fabricación. Pero, antes de lanzarse al mercado, estos productos figuraban ya en el fondo anual de producción, es decir, en la masa global de objetos de todo género, en los que se convierte, al cabo del año, la suma global de los capitales individuales o el capital global de la sociedad y del que cada capitalista individual sólo posee una parte alícuota. Las operaciones del mercado no hacen más que establecer el intercambio entre las distintas partes integrantes de la producción anual, hacerlas pasar de mano en mano, pero sin hacer que aumente de volumen la producción global de un año ni que cambien de naturaleza los objetos producidos. Por tanto, el uso que se haga o pueda hacerse del producto global anual dependerá de la propia composición de éste, pero nunca de la circulación. girlsbcn.org Por fin, la revuelta del capital, que venia durando ya dos años, fue coronada por el fallo de uno de los cuatro más altos tribunales de Inglaterra, la Court of Exchequer (70), quien, sentenciando el 8 de febrero de 1850 un litigio sustanciado ante ella, decidió que, si bien era cierto que los fabricantes infringían el sentido de la ley de 1844, esta ley contenía ciertas palabras que la privaban de sentido. "Con este fallo, la ley de las diez horas quedaba abolida."135 Multitud de fabricantes que aún repugnaban el sistema de relevos para los obreros jóvenes y las obreras se abalanzaron ahora a él.136 contactos alicante Lo que ante todo interesa prácticamente a los que cambian unos productos por otros, es saber cuántos productos ajenos obtendrán por el suyo propio, es decir, en qué proporciones se cambiarán unos productos por otros. Tan pronto como estas proporciones cobran, por la fuerza de la costumbre, cierta fijeza, parece como si brotasen de la propia naturaleza inherente a los productos del trabajo; como si, por ejemplo, 1 tonelada de hierro encerrase el mismo valor que 2 onzas de oro, del mismo modo que 1 libra de oro y 1 libra de hierro encierran un peso igual, no obstante sus distintas propiedades físicas y químicas. En realidad, el carácter de valor de los productos del trabajo sólo se consolida al funcionar como magnitudes de valor. Estas cambian constantemente, sin que en ello intervengan la voluntad, el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se realiza el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes las controlen. Y hace falta que la producción de mercancías se desarrolle en toda su integridad, para que de la propia experiencia nazca la conciencia científica de que los trabajos privados que se realizan independientemente los unos de los otros, aunque guarden entre sí y en todos sus aspectos una relación de mutua interdependencia, como eslabones elementales que son de la división social del trabajo, pueden reducirse constantemente a su grado de proporción social, porque en las proporciones fortuitas y sin cesar oscilantes de cambio de sus productos se impone siempre como ley natural reguladora el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, al modo como se impone la ley de la gravedad cuando se le cae a uno la casa encima.31 La determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo es, por tanto, el secreto que se esconde detrás de las oscilaciones aparentes de los valores relativos de las mercancías. El descubrimiento de este secreto destruye la apariencia de la determinación puramente casual de las magnitudes de valor de los productos del trabajo, pero no destruye, ni mucho menos, su forma material.
II. Supóngase que el valor del lienzo no varia y que varía, en cambio, el valor de la levita. Sí, en estas circunstancias, el tiempo de trabajo necesario para producir la levita se duplica, v. gr., por el menor rendimiento del esquileo, tendremos, en vez de 20 varas de lienzo = 1 levita, 20 varas de lienzo = 1/2 levita. Por el contrario, si el valor de la levita queda reducido a la mitad, la relación será: 20 varas de lienzo = 2 levitas. Por tanto, permaneciendo inalterable el valor de la mercancía A, su valor relativo, expresado en la mercancía B, aumenta o disminuye en razón inversa a los cambios de valor experimentados por ésta. escorts españa 122 L. c., p. 109. Los rápidos progresos hechos en materia de maquinaria durante la crisis algodonera permitieron a los fabricantes ingleses, inmediatamente después de terminar la guerra norteamericana de Secesión, abarrotar nuevamente el mercado mundial en un abrir y cerrar de ojos. Durante los últimos seis meses de 1866, los tejidos eran ya casi invendibles. Comenzó la consignación de mercancías a China y la India, lo que, naturalmente, no hizo más que intensificar el "glut". A comienzos de 1867. los fabricantes acudieron al recurso consabido de rebajar los salarios en un 5 por 100. Los obreros se opusieron a ello y declararon –con entera razón, teóricamente– que la única solución era trabajar menos tiempo, 4 días a la semana. Tras largos forcejeos, los capitanes de industria nombrados a sí mismos, no tuvieron más remedio que decidirse por esta solución, en algunos sitios con reducción de salarios en un 5 por 100 y en otros sitios sin reducción de jornales. saunas girona Esto demuestra palmariamente que un medio de producción no puede jamás transferir al producto más valor que el que pierde en el proceso de trabajo, al destruirse su propio valor de uso. Si no tuviese valor alguno que perder, es decir, si él mismo no fuese, a su vez, producto del trabajo humano, no transferiría al producto ningún valor. Contribuiría a crear un valor de uso sin intervenir en la creación de un valor de cambio. Tal es lo que acontece, en efecto, con todos los medios de producción que brinda la naturaleza sin que medie la mano del hombre: la tierra, el aire, el agua, el hierro nativo, la madera de una selva virgen, etc. www.bcnbox.com El régimen específicamente capitalista de producción, el desarrollo a él inherente de la fuerza productiva del trabajo, y los cambios que este desarrollo determina en cuanto a la composición orgánica del capital, no sólo avanzan a medida que progresa la acumulación o crece la riqueza social, sino que avanzan con rapidez incomparablemente mayor, pues la simple acumulación o el aumento absoluto del capital global de la sociedad va acompañado por la centralización de sus elementos individuales, y la transformación técnica del capital adicional por la transformación técnica del capital primitivo. Así, pues, al progresar la acumulación, cambia la proporción entre el capital constante y el variable, sí originariamente era de 1:1, ahora se convierte en 2:1, 3:1, 4:1, 5:1, 7:1, etc., por donde, como el capital crece, en vez de invertirse en fuerza de trabajo ½ de su valor total sólo se van invirtiendo, progresivamente, 1/3, 1/4, 1/5, 1/6, 1/8, etc., invirtiéndose en cambio 2/3, 3/4, 4/5, 5/6, 7/8, etc., en medios de producción. Y como la demanda de trabajo no depende del volumen del capital total, sino solamente del capital variable, disminuye progresivamente a medida que aumenta el capital total, en vez de crecer en proporción a éste, como antes suponíamos. Decrece en proporción a la magnitud del capital total y en progresión acelerada conforme aumenta esta magnitud. Es cierto que al crecer el capital total crece también el capital variable, y por tanto la fuerza de trabajo absorbida por él, pero en una proporción constantemente decreciente. Los intervalos durante los cuales la acumulación se traduce en un simple aumento de la producción sobre la base técnica existente, van siendo cada vez más cortos. Ahora, para absorber un determinado número adicional de obreros y aun para conservar en sus puestos, dada la metamorfosis constante del capital primitivo, a los que ya trabajan, se requiere una acumulación cada vez más acelerada del capital total. Pero no es sólo esto. Además, esta misma acumulación y centralización creciente se trueca, a su vez, en fuente de nuevos cambios en cuanto a la composición del capital, impulsando nuevamente el descenso del capital variable para hacer que aumente el constante. Este descenso relativo del capital variable, descenso acelerado con el incremento del capital total y que avanza con mayor rapidez que éste, se revela, de otra parte, invirtiéndose los términos, como un crecimiento absoluto constante de la población obrera, más rápido que el del capital variable o el de los medios de ocupación que éste suministra. Pero este crecimiento no es constante, sino relativo: la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medías de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante. grafsalas El capital primitivo se formó mediante el desembolso de 10,000 libras esterlinas. ¿De dónde sacó este dinero su poseedor? ¡De su propio trabajo y del de sus antecesores!, contestan a coro los portavoces de la economía política, 4 y esta hipótesis parece, en efecto, la única que concuerda con las leyes de la producción de mercancías. bares de copas en girona De 1770 a 1815, la industria algodonera pasó por cinco años de depresión o estancamiento. Durante este primer período de 45 años, los fabricantes ingleses tenían todavía el monopolio de la maquinaria del mercado mundial. De 1815 a 1821, depresión; 1822 y 1823, prosperidad; 1824, derogación de las leyes de coalición obrera, gran expansión general de las fábricas: 1825, crisis; 1826, gran miseria y revueltas entre los obreros del algodón; 1827, leve mejoría; 1828, gran incremento de los telares de vapor y de la exportación; 1829, apogeo de la exportación, sobre todo a la India; 1830, mercados abarrotados, gran penuria; 1831 a 1833, depresión sostenida; la Compañía de las Indias Orientales pierde el monopolio del comercio con el Asia oriental (India y China). 1834, gran incremento de fábricas y maquinaria, falta de brazos. La nueva ley de beneficencia estimula la emigración de los obreros del campo a los distritos fabriles. Los condados rurales quedan limpios de niños. Trata blanca de esclavos. 1835, gran prosperidad. Coincidiendo con ella, los tejedores algodoneros manuales se mueren de hambre. 1836, gran prosperidad. 1837 y 1838, estado de depresión y crisis. 1839, reanimación. 1840, gran depresión, revueltas, intervienen las tropas. 1841 y 1842, los patronos expulsan de las fábricas a los obreros, para arrancar con esta coacción la derogación de las leyes del trigo. Los obreros afluyen por miles a Yorkshire; son rechazados por las tropas y sus jefes llevados ante los tribunales en Lancaster. 1843, gran miseria. 1844, reanimación. 1845, gran prosperidad. 1846, comienza con un auge sostenido, seguido de síntomas de reacción. Derogación de las leyes anticerealistas. 1847, crisis. Rebaja general de jornales en un 10 por 100 y más, para festejar la fiesta del "big loaf" (90). 1848, depresión sostenida. Ocupación militar de Manchester. 1849, reanimación. 1850, prosperidad. 1851, bajan los precios de las mercancías, salarios bajos, huelgas frecuentes. 1852, se inicia la mejoría. Prosiguen las huelgas, los patronos amenazan con importar obreros extranjeros. 1853, crece la exportación. Huelga de ocho meses; gran miseria en Preston. 1854, prosperidad; abarrotamiento de los mercados. 1855, afluyen de los Estados Unidos, Canadá y mercados del Asia oriental, noticias de bancarrotas. 1856, gran prosperidad. 1857, crisis. 1858, mejoría. 1859, gran prosperidad, aumentan las fábricas. 1860, cenit de la industria algodonera inglesa. Los mercados indios, australianos y otros se hallan tan abarrotados, que todavía en 1863 no han podido absorber todo el cuajarón. Tratado de comercio con Francia. Enorme incremento de las fábricas y la maquinaria. 1861, el auge dura largo tiempo, reacción, guerra norteamericana de Secesión, penuria algodonera. 1862 a 1863, completa bancarrota. restaurantes en lleida 99 F. Engels, Die Lage der arbeitenden Klasse, etc.. p. 217. Hasta un librecambista tan optimista y tan vulgar como M. Molinari, escribe: "Un hombre se agota más rápidamente teniendo que controlar durante quince horas diarias los movimientos uniformes de un mecanismo, que empleando su fuerza física durante el mismo espacio de tiempo. Este trabajo de vigilancia, que si no fuese demasiado largo tal vez podría servir al espíritu de ejercicio gimnástico útil, destruye a la larga, por su exceso, el espíritu y a la par el cuerpo." (G. de Molinari. Études Economiques, París, 1846 [(p. 49].) Pisos de particulares en Barcelona 239 En la obra titulada Die landwirtschaftlichen Gerate und Maschinen Englands, por el Dr. W. Hamm, 2° ed. [Braunschweig] 1856, se hace una detallada exposición de la maquinaria empleada en la agricultura inglesa. En su ensayo sobre la historia de la agricultura inglesa, M. Hamm sigue demasiado al pie de la letra las doctrinas de Leonce de Lavergne. (Nota a la 4° ed. Estos estudios se hallan ya, naturalmente, anticuados –F. E.)
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